La mujer intenta ubicar su mirada fijada en nada y discute con los verdes, arroja su bolso blanco al suelo y amenaza con cortarse las venas con una cajetilla de cigarros que trae consigo y que no parece estar dispuesta a soltar.
- Pero ¿qué te estoy haciendo hijueputa?
- Soltá ese bolso y vení con nosotros a la esquina pa’ que dejés el escándalo. Le dice uno de los uniformados, en una directa amenaza con llevarla al CAI.
- ¡Noooo! Dejame ir que nada te estoy haciendo. ¡Dejameee! – tira su bolsa.
La gente alrededor observa el escándalo y se escuchan algunos “llévense a esa loca hijueputa”, “eso esooo, dale”. Un minuto más tarde la mujer desiste de su idea, recoge su bolso, guarda su arma suicida y con un escurridizo beso dice adiós al par de policías que en un principio estuvieron a punto de golpearle con sus bolillos.
La breve discusión logra captar por más de ciento veinte segundos la atención de quienes podría decirse, viven en el Parque. “Te busco perdida entre sueños, el ruido de la gente me envuelve en un velo… Y no hago más que rebuscar paisajes conocidos en lugares tan extraños”. Y regresan a sus burbujas y a sus tabacos y sus cuerpos llevan una armoniosa música evidente en el meneo de los dedos de sus manos y en el constante temblor de sus piernas, como si algo les preocupara… Seguro alguien los espera en casa, o… tal vez no.
Pitos por doquier y el ruido de taxis y más taxis acompañan los pensamientos de los viejos. Motos estacionadas los rodean. El negro fornido de diminutas trenzas y chaquiras blancas en su pelo les importa un pito y el estrepitoso sonido de las campanas para misa no logra desconcentrarlos.
Tras el afinado anuncio de las seis de la tarde, llegan las luces de lámparas y establecimientos y el particular canto de decenas de pájaros que entonan una sinfonía lenta. Inspiradora. Escuchándola es más sencillo distinguir entre los viejos del Parque y los que sólo van de paso. Éstos van a marcha rápida, llevan bolsos, morrales, chaquetas en sus manos o paquetes grandes. No se detienen, no les interesa sentir el romanticismo del sitio. El ensimismamiento de quienes buscan su algo.
La ciudad se oscurece mientras la fuente recibe el reflejo de sus tenues luces rojas, amarillas y verdes, y el flujo de sus aguas forman un estribillo visual con un dejo de intimidad. Algunos viejos se marchan y una generación más inmadura llega, y con esto el movimiento acelerado, y con esto, pequeñas blusas saturadas de brillos… Otros tantos siguen ahí en un cómodo cruce de piernas al tiempo que inhalan un olor que se escapa de las alcantarillas cercanas. Llegan cuatros jóvenes. Otros siete jóvenes, uno más y suena la última tonada de la Guarachera de Cuba.


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