Cúmulos de autos poblando la avenida, pajarillos apoderados de la plaza mientras hombres de rostros arrugados y cabellos blancos esparcen granos amarillos, niños y besos escurridizos adornan el panorama. Así se percibe el Parque de Belén, un sitio donde el encuentro consigo mismo o con los demás, es una constante para los moradores o los visitantes que allí se dirigen.
Es un espacio grande con árboles y más árboles, con una buena cantidad de bancas sobre las cuales hay gente que lee, espera, habla, piensa, observa; y sus alrededores puede decirse que están invadidos por el comercio. Y allí en uno de sus extremos, se ve un grupo de veteranos entre los setenta y los ochenta años, que ubicados en dos mesas de cemento y al sabor de tabacos y cigarrillos, se distraen con juegos de azar donde no se sabe cuál de todos es el más ducho.
Al fondo está la iglesia Nuestra Señora de Belén, y cerca de ella está sentado Jairo León, un hombre de corta estatura, vestido con pantalón negro -algo desgastado-, camisa de cuadros azules, tiene los ojos rojos y lo acompaña una bolsa negra con una botella en su interior. Él es habitante de la calle y tiene su forma de ganar dinero de manera honesta, es lustrador de zapatos en el Parque, motivo por el cual sus manos lucen sucias pero con un anillo que conserva hace varios años porque se lo regaló un ser especial para él. “Aquí la gente viene para chismosiar, para jugar, para comer, y otros vienen a trabasen, porque aquí no hay ley, por aquí los policías nunca aparecen. De vez en cuando hacen ronda”, son las palabras de Jairo, mezcladas con el fuerte olor a nicotina que destila de sus cigarrillos Premier.
Al “Pomposo”, como se le conoce en el Parque por su “singular elegancia”, le gustar estar solo mientras no se encuentre trabajando, porque según él, todos sus amigos llegan a contarle cosas malas, preocupaciones por falta de dinero para pagar los servicios o que mataron a “fulano de tal”, y en medio de su soledad, acompaña sus penas con “Chirrinchi”, que alcoholiza el ambiente con esta bebida que le cuesta $1.800. Él es consciente que lo que consume todos los días es “una porquería”, pero le gusta y por eso lo hace. Un amigo suyo consume algo similar por $1.200 menos. “Aquí nos ayudamos mucho entre alcohólicos, vea amigo, nosotros somos una sociedad del Parque y aquí me muero si me toca, tomándome esta porquería”.
Mientras Jairo León habla, pasan con más frecuencia automóviles particulares, muchísimos taxis, y motocicletas más aún. Cuentan varias personas que en este barrio hay muchos accidentes, en su mayoría de motocicletas, pese a que existe una buena señalización; sumándole a esto, que “hay inseguridad en las calles siempre y cuando usted sea un visajoso. Y para acabar de ajustar, no se ven policías ni de noche ni de día”, reitera don “Pomposo”... Son las 08:15 de la noche de un domingo y entre casas grandes con balcones, jardines y calles en buen estado, se pierde la silueta de Jairo León, el “Señor elegante” del Parque de Belén.
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