lunes, 12 de septiembre de 2011

El Centro: teatro de los callejeros. Parte II



EXT. DÍA. AVENIDA ORIENTAL

Cambio de escenario. El arriero y el leñador entran en escena, se ubican cada uno en su puesto y se prenden de nuevo las luces del teatro. Con cada ¡pinnn! producido por las monedas ambos hacen la venia al público. Acción.

Unas cuadras más arriba, en medio del ruido de los taxis, los buses y las motos, dos hombres se programan para estar inmóviles y en perfecto silencio durante horas. Son las llamadas estatuas, con las que niños con algodón de azúcar y coco acaramelado en mano se quedan maravillados, como si tuviesen ante sus ojos un súper héroe ataviado en prendas llamativas. Un leñador negro de pies a cabeza y un arriero color bronce que toma más fuerza con los rayos del sol de mediodía.

Aquí no hay guiones ni público sentado en cómodas sillas con el celular en modo silencio. Hay en cambio, dos seres humanos a la espera de que uno de tantos transeúntes que parecieran llevar un letrero de “quítese que voy de afán”, se detenga a mirar su monólogo interno, una puesta en escena que quizá no tenga un proceso de ensayo detrás. Es muy probable que lo último que quiera uno de estos hombrecillos sea practicar el arte de estar estático en su casa, donde moverse ha de ser un privilegio.
Ellos dos, junto a Carlos Sánchez y a Giovany Giraldo, otro amante de la pantomima y el teatro callejero, que trabaja en los alrededores del Parque Berrío -en medio de minutos a 200 y mango biche con sal y pimienta- conforman un grupo de artistas que salen a los parques de la ciudad, se ubican en las esquinas y avenidas más transitadas para llegar a casa cuando la jornada está mala con unos 30.000 pesos, nada comparable con los sábados, que aseguran es su mejor día.

EXT. NOCHE. CENTRO MEDELLÍN

Cuando las luces del escenario resultan tenues, más íntimas, el cielo cuasi dormido deja escapar pequeñas dosis de aire que ovacionan de manera generalizada a los mimos y estatuas de la calle, mientras a esa misma hora comienzan a llenarse las salas de teatro que sí tienen una casa y un escenario de tablas para sus actores.

Esto es  Medellín, un teatro de puertas abiertas con acceso por cualquiera de las tantas calles que componen la urbe, con entrada libre y aporte voluntario, con personajes pintorescos y coquetos que ni el ruido del caos logra desconcentrar.

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