El Centro de Medellín, lugar que día tras día acoge a comerciantes, prostitutas, turistas que van de paso y bohemios, es también el tablado donde bajo una iluminación amarilla, proveniente del cielo, y una banda sonora compuesta por coros de “chococono a 500” y “chicles a 100”, decenas de artistas se mueven con sus rostros blancos y lágrimas pintadas en los pómulos, entre colores, pitos y risas, mientras otros tantos permanecen estáticos sobre cajitas, donde se oye el rebotar de las monedas.
EXT. DÍA. PLAZOLETA DE LAS ESCULTURAS
En el centro del teatro está ubicado el protagonista. Se aproxima al público, interactúa con él y está pendiente de la aparición en cuadro de los de Espacio Público, que hace algún tiempo le prohíben hacer su show porque la gente se acumula…
El Palacio de La Cultura Rafael Uribe Uribe funciona como escenario de Carlos Sánchez, un mimo que lleva 23 años dedicado a seguir personas, imitar su corporalidad y las actitudes con las que transitan por el Parque Berrío. Sus compañeros de escena son Adán, Eva, un gato, un perro, un caballo y tres mujeres, una con un vestido, otra reclinada y otra más con un espejo; son las esculturas de bronce que Fernando Botero le prestó para que su acto de pantomima no careciera de decoración.
Carlos trabaja todos los días allí, con sus pantalones hasta el ombligo, forrados, producto de sus kilos de más, su gorrito de lado, su corbata de pepitas amarillas y una camisa roja, como si no bastara con su maquillaje a base de blanco de zinc y Crema Cero que cubra la cara. Después de haber formado parte de la Fundación Circo de Medellín, bajo la dirección de Carlos Álvarez, hoy asegura que para los mimos no hay mejor escuela que la calle, “aquí es donde nos hacemos, donde nos pulimos. La calle es la realidad, lo que somos. Si vos me ignorás cuando te imito me estás diciendo quién sos”.
Hace algunos años su espectáculo consistía en hacer faquirismo, se paraba en cualquier parque y como un loco suicida –podrían pensar muchos- se envolvía en llamas de fuego, se detenía en pequeñas partículas de vidrio o maniobraba cuchillos sin hacerse daño. Un artista inmune al dolor físico, pero nunca al aplauso del público: “ése es nuestro mejor pago”.
Hoy hace muecas y exagera gestos de llanto o retuerce su cuerpo y camina como la anciana que a paso lento va por la Plazoleta de las Esculturas. Así logra cautivar a sus espectadores, a quienes luego de imitar, les pone una divertida carita feliz color verde limón en los brazos. Sus cejas despelucadas y puntudas arquean un par de ojos pícaros que hablan, bailan y parecen no descansar, están siempre en actitud, no dan lugar a equivocaciones...

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