lunes, 12 de septiembre de 2011

¿Qué tanta usabilidad encontramos en la Red?

Editorial de la semana


Hoy por hoy, asistimos a una revolución que apunta al reconocimiento de la Internet como medio de difusión total, y por la cual gran parte de nuestro tiempo está siendo dedicado a navegar en este mar de posibilidades que significa la Web. Producto de ello son las miles de páginas a las cuales tenemos accesibilidad, pero ello no quiere decir que también se nos garantice una usabilidad, es decir, muchos de los diseñadores que los portales web son carentes de intuición en lo que se refiere al hecho de brindarle facilidad al usuario para su navegabilidad.


Lo que necesitamos los usuarios activos, y los que no lo son tanto, también; son diseños que cumplan con esa idea de automatización de tareas en el mundo virtual para tener una correcta y agradable experiencia en la Red, porque no basta con la información, es importante además la entrega de algunas bases que hagan más efectivo el proceso de navegación.

Es entonces vital aprehender esto e implementarlo en blogs, plataformas y grandes páginas en las que confluyen millones de usuarios en el mundo, pues muchas de ellas, pese a tener un excelente contenido, pierden flujo de visitas por aquellas fallas en cuestión de diseño, entendiéndose por esto portales atiborrados de texto, en colores un tanto inconvenientes o poca legibilidad, lentitud en el proceso de carga, y lo más importante: no reconocer al usuario como quien manda, y que por ende es él quien debe tener el control sobre el portal.

Los viejos en busca de su algo

[Continuación de] Ella, en las nubes ella

La mujer intenta ubicar su mirada fijada en nada y discute con los verdes, arroja su bolso blanco al suelo y amenaza con cortarse las venas con una cajetilla de cigarros que trae consigo y que no parece estar dispuesta a soltar.

-       Pero ¿qué te estoy haciendo hijueputa?

-       Soltá ese bolso y vení con nosotros a la esquina pa’ que dejés el escándalo. Le dice uno de los uniformados, en una directa amenaza con llevarla al CAI.

-       ¡Noooo! Dejame ir que nada te estoy haciendo. ¡Dejameee! – tira su bolsa.

La gente alrededor observa el escándalo y se escuchan algunos “llévense a esa loca hijueputa”, “eso esooo, dale”. Un minuto más tarde la mujer desiste de su idea, recoge su bolso, guarda su arma suicida y con un escurridizo beso dice adiós al par de policías que en un principio estuvieron a punto de golpearle con sus bolillos.



La breve discusión logra captar por más de ciento veinte segundos la atención de quienes podría decirse, viven en el Parque. “Te busco perdida entre sueños, el ruido de la gente me envuelve en un velo… Y no hago más que rebuscar paisajes conocidos en lugares tan extraños”. Y regresan a sus burbujas y a sus tabacos y sus cuerpos llevan una armoniosa música evidente en el meneo de los dedos de sus manos y en el constante temblor de sus piernas, como si algo les preocupara… Seguro alguien los espera en casa, o… tal vez no.

Pitos por doquier y el ruido de taxis y más taxis acompañan los pensamientos de los viejos. Motos estacionadas los rodean. El negro fornido de diminutas trenzas y chaquiras blancas en su pelo les importa un pito y el estrepitoso sonido de las campanas para misa no logra desconcentrarlos.


Tras el afinado anuncio de las seis de la tarde, llegan las luces de lámparas y establecimientos y el particular canto de decenas de pájaros que entonan una sinfonía lenta. Inspiradora. Escuchándola es más sencillo distinguir entre los viejos del Parque y los que sólo van de paso. Éstos van a marcha rápida, llevan bolsos, morrales,  chaquetas en sus manos o paquetes grandes. No se detienen, no les interesa sentir el romanticismo del sitio. El ensimismamiento de quienes buscan su algo.

La ciudad se oscurece mientras la fuente recibe el reflejo de sus tenues luces rojas, amarillas y verdes, y el flujo de sus aguas forman un estribillo visual con un dejo de intimidad. Algunos viejos se marchan y una generación más inmadura llega, y con esto el movimiento acelerado, y con esto, pequeñas blusas saturadas de brillos… Otros tantos siguen ahí en un cómodo cruce de piernas al tiempo que inhalan un olor que se escapa de las alcantarillas cercanas. Llegan cuatros jóvenes. Otros siete jóvenes, uno más y suena la última tonada de la Guarachera de Cuba.


¡En breve!

Próximamente, la segunda parte de la historia de aquella habitante de calle que pasea por el Parque Bolívar. Si quieres saber lo que sucedió con los patrulleros de la Policía, espera pronto una entrega final en "Los viejos en busca de su algo", la continuación... al ritmo de Celia Cruz y su bolero. 


¿Qué buscarán los señores de este parque de la ciudad? ¡Comenta!, mientras llega la respuesta...



[MiniCrónicas] En algún rincón del Centro


¡Desinterés que tanto le valés!

La Diabla, Luisa, Machaca Rico, Katia y Candela bailan y contonean sus caderas en un sótano del Centro de Medellín. Candela, así tan bella y tan joven y tan seria, y así tan sexy y  tan delgada y tatuada en la espalda. Candela, de mal humor y sin seducir a los hombres acostumbrados a su coquetería que debajo de su pasarela con tubos impregnados de roce vaginal, beben guaro y cerveza y la miran desinteresados. “¿Por qué tan seria hoy?”, pregunta un cliente, “porque no valoran mi arte”, responde Candela, mientras recoge billetes de 2.000 pesos de mesa en mesa en Conejitas Bar



Lo salvó el apagón
Es la primera vez que va a un teatro porno, tiene todas las expectativas puestas en ello. Ingresa al Teatro Villanueva con dos compañeros y los afiches con actrices italianas ya comienzan a aparecer en las escaleras. Al entrar a la sala ve a un hombre que parece ser su papá y en un santiamén voltea su rostro para no pasar esa vergüenza con sus amigos. Lo repara y lo persigue con la mirada hasta que el apagón de luces desvanece la insistente imagen que necesita y no quiere comprobar. Con la bienvenida de la oscuridad llega el sonido de varias cremalleras desabrochándose y en pantalla senos, vellos y penes hacen su aparición…  


Es un mundo a blanco y negro
Caminando por la carrera Bolívar quise entrar a un mundo a blanco y negro y encontré un túnel que comenzaba con un luminoso letrero. Y adentro, atestado de fotografías viejas y mesas y sillas y gente. César, administrador del lugar le enseñaba a milonguear a Margarita, una dama encopetada con piel un tanto ajada. “Siente mi cuerpo, siénteme a mí. Siente la música, ¿no es muy bella y triste?”. Sudorosa, Margarita imitaba a los bailarines del óleo con piernas entrecruzadas al son de la melodía que nació en los arrabales y que hoy es la protagonista del sótano del Salón Málaga, patrimonio histórico de Medellín.



Para más información visita ◙ [Salón Málaga] Sitio oficial

Ella, en las nubes ella

Aún el cielo no luce su traje azul oscuro con botones amarillos, pero ya comienzan a marcharse algunas familias en compañía de sus hijos pequeños después de un paseo entre pétalos rubios esparcidos por todo el suelo y un olor a crispetas que el viento lleva de su mano por el Teatro Lido, por  Junín y por Villanueva. Las dos chivitas coloridas que giran alrededor de la pacífica fuente del lugar cuando éste se encuentra colmado de niños, ahora permanecen estáticas a la espera de que algún papá suba a su chiquillo por dos o tres minutos, o tal vez sus dueños se resignen a que el día sábado muere y mañana les irá mejor.


A las 4:30 de la tarde pasan por el Parque Bolívar tres ancianas cogidas de la mano, enfundadas en trajes anchos y de colores tierra. Dan cinco pasos y descansan. Otros cuatro y lo hacen de nuevo. A su velocidad transcurre en gran parte el movimiento del Parque. Viejos ensimismados en sus burbujas, detenidos en sillas de madera, éstas un poco más jóvenes que ellos; unas cuantas palomas que van y vienen por el aire y el efecto de éste, reflejado en la imagen de las ramas de los árboles moviéndose en una suave melodía de tranquilidad que pareciera dopar a los cuasi ancianos.


“Al cielo una mirada larga, buscando un poco de mi vida”, canta Celia Cruz en su bolero Te busco, y así, como ella, al compás pausado de la música, tal vez muchos de aquellos pensionados o los lustrabotas o los vendedores de chucherías o los jóvenes que lucen el siete en sus cabezas, buscan algo. Bueno, los dos policías que marchan al ritmo de la tarde con sus fluorescentes chalecos también buscan algo, pero lo único que encuentran es una joven delgada que lleva descubierto su ombligo, algo perdida, algo drogada, algo excéntrica. Muy alterada.


La mujer intenta ubicar su mirada fijada en nada y discute con los verdes, arroja su bolso blanco al suelo y amenaza con cortarse las venas con una cajetilla de cigarros que trae consigo y que no parece estar dispuesta a soltar. [Continúa] 






[MiniCrónicas] Cotidianidad urbana


El taxista por las circulares
La señora de cabello entrecano, tacones rojos y blusa de flores se montó al taxi, dio la dirección al conductor y comenzó la aventura. Éste le hizo un cumplido y le puso conversa mientras sonaba La Voz de Colombia. Algunas cuadras, otras circulares, muchas avenidas. La señora miró el papelito, miró las calles, miró y miró las calles. “Ay no señor, voy a llegar tarde a la cita” – “Ya voy mi señora, es que hasta un gato se pierde en Laureles”.


En cuestión de 13 minutos
Llegó a Medellín con su esposa y sus dos hijos pequeños. Expele un olor a tierra concentrada, es alto, barbado, con orejas grandes y voz pausada. Desde hace 15 días pasa las noches en las afueras de la iglesia La Candelaria y recibe los sobrados de comida que doña Estella le da cuando el día se duerme y el restaurante del que está a cargo se cierra. Esto lo conocen los del CAI de San Antonio y después de hablar con Acción Social recibieron la respuesta que no deseaban: “No hay más cupos para los desplazados”. Al terminar su historia en un recorrido de algunos kilómetros, Freddy recoge las monedas de puesto en puesto y baja del bus de Guayabal.




Juegos urbanos: viento, jabón y miradas


La tarde avanza a un ritmo normal. Los pájaros viajan, descansan, viajan, comen y viajan un poco más. Mientras eso sucede, en el centro del Parque Bolívar, un hombre de camisa verde limón y piel con rastros de brillo juega con burbujas gigantes que hacen pequeños pero significativos recorridos por el aire.

La atención de todos está puesta en las bombas. El hombre abraza con sus piernas un balde lleno de agua y jabones de todo tipo, frota sus manos con más detergente y luego las sopla al tiempo que sus pómulos se expanden a un tamaño comparable con el personaje del Chavo del Ocho. Un Quico paisa que se mueve al ritmo de la música andina que llega a cada rincón del Parque, o de los tambores con los que los negros hacen sus coreografías justo al lado de la Catedral Metropolitana de Medellín.

Algunas de las burbujas mueren en el intento de existir, pero la gran mayoría superan la prueba de “la soplada” y navegan a la vista de punkeros, rastafaris, hippies, indígenas y demás hombres y mujeres que salen a  jugar como infantes antojados de la ciudad que les da la esperanza de quitarse unos años de encima, por lo menos por una tarde.